domingo, 21 de enero de 2018

Al cielo


Si bien mis hermanas son auténticas religiosas y sospecho que compiten por ese aspecto de la identidad que valora la familia, creo que la hermana mayor se está aventajando de la chiquita y su empeño innegociable de acentuar ese compromiso la está llevando a ganar posiciones.

Mi hermana menor que por estos tiempos anda embarullada en otros menesteres no se ha percatado de los movimientos de la mayor y está cediendo terreno para que mi hermana mayor avance en su identidad religiosa y se aventaje sin que la otra se de cuenta.

Sin dudas, se va por la punta.

Todo porque Paulita está distraída en sus menesteres que por fuerza de cierta naturaleza indescifrable la llevan a acelerar la vida sin el menor de los titubeos, afrontando con esa actitud todos los perjuicios y riesgos que la aceleración de la vida implica. Pero tomando también todos los beneficios que tal actitud conlleva.

-Carla está yendo a Caritas a ayudar -escucho, que me dice Flavia.

-Me contó tu mamá -remata.

Escucho que mi hermana mayor va con vocación auténtica y honra sus genuinas motivaciones de ayudar a los demás. Escucho también que está jodida de la espalda.

-Lleva colchones.

Colchones, pienso. Cómo puede ser que mi hermana flaquita lleve colchones o se los hagan cargar. No puede ser que lleve colchones y los cargue porque se va a joder la espalda. Pienso.

-¿Estás segura?

-Sí, tu mama está preocupada.

Me pregunto si debo hablar con mi hermana para persuadirla de que haga tareas más aliviadas. O que canalice su intención de ayudar de manera menos perjudicial para su salud.

Creo que sería conveniente que sea más práctica y lleve dinero. Pero inmediatamente sospecho que la idea no prosperará y mi hermana verá un espíritu de vagancia y comodidad detrás de esa sugerencia.

El espíritu sufrido, trabajoso y doliente, es más preciado en el ámbito religioso y las personas con auténtica vocación de religiosidad consciente o inconscientemente se deben sentir obligadas a honrarlo.

Pienso, pero no digo nada.





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domingo, 14 de enero de 2018

La libertad


Estoy contento.

Creo que me alegró muchísimo enterarme de una noticia que me libera de condicionamientos.

La libertad es sin dudas mi bien más preciado. Ser libre es para mí hacer lo que absolutamente quiero, sin estar condicionado con los ojos de los demás que lo preguntan todo primero y luego lo evalúan desde perspectivas muchas veces conservadoras que exigen consecuencias.

Quizás por eso me escapo.

Nada me resulta más desalentador que las vidas previsibles que cumplen el manual tradicional de la existencia. 

Las respeto por supuesto y creo que es muy lícito honrarlas. Sobre todo cuando se tiene la auténtica convicción de hacerlo. De lo contrario si alguien me pidiera un consejo al respecto, le sugeriría ahorrarse la pantomima. 

Poner la vida en manos de los ojos de los demás no es ningún negocio.

Pero nadie me pide consejos, y mucho menos me gusta darlos, porque siempre pienso que el mejor consejo es el que es capaz de darse alguien a sí mismo.

El resto es chamullo, o sólo buenas intenciones.

La libertad es para mí tal vez el bien más preciado. Pocas cosas se comparan con la satisfacción de ser y hacer lo que uno considera. Excluyéndose de las expectativas ajenas o los mandatos establecidos socialmente, que aún operan en nuestras subjetividades para indicarnos algún camino.

Si no fuera porque estoy atento sería una marioneta de mi propio destino. Y estaría honrando sin saberlo desde el inconsciente lo que alguien relevante me dijo con buenas intenciones, o esperó, o sugirió. Y ahí iría yo haciendo esa vida supuestamente mía pero verdaderamente prestada.

Quizás por eso me gustan los buenos rebeldes, los que esencialmente hacen la vida que quieren hacer. 

Sea cual sea.

Y poco escuchan lo que les dicen los demás.

Yo hincho por ellos, porque se debaten muchas veces contra perjuicios que les quieren imponer las fieras. Pero siempre salen airosos porque las fieras desde sus mundos nunca logran comprender mundos ajenos.

Y no hablo de nada raro, simplemente de quienes lideran vidas propias. De quienes creen en sí mismos para honrarlas. 

De quienes se hacen cargo de ellos.

Y viven la libertad. 





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sábado, 6 de enero de 2018

El poeta


Son las cuatro de la tarde y estoy en la playa de Necochea sentado en la repostera mientras leo un libro. El sol está demasiado fuerte pero no tan fuerte como para sofocarme y convencerme de que es mejor levantarme de la repostera e ir directo al mar a darme un chapuzón.

Sé muy bien que mi espíritu prefiere morir sofocado ante el sol implacable que llevar mi cuerpo hasta el mar para mortificarlo con una temperatura helada e innegociable, capaz de atravesar la piel y hacer doler los tobillos.

Maricón, me digo.

Pero sigo leyendo.

-Drogas, drogas. Hay drogas.

Quito la vista del libro y veo a lo lejos. Es un hombre de unos treinta y pico que anda en cuero con una lata de cerveza Brahma en la mano. Camina tambaleando entre la gente y grita mientras avanza ante la mirada de quienes estamos en la playa.

-Drogas, hay drogas.

Otro hecho de decadencia, pienso, mientras miro que no hay ningún policía a la vista y siento que la ciudadanía está expuesta a cualquier boludo que se le ocurre hacer cualquier cosa, con la impunidad que ofrecen los países bananeros.

No puedo ser tan duro, reflexiono. Y me quedo calmo, sigiloso, con la vista clavada en el libro. Mientras veo que el hombre repite el grito desaforado a plena luz del día.

No va a venir hacia mí, pienso. Estoy en un mundo ajeno.

Vuelvo a escuchar los alaridos y percibo que el muchacho se acerca hasta que de repente llega hasta mí y se frena.

-Disculpe, ¿usted es poeta? -me dice desalineado con la lata de cerveza en la mano cuando yo levanto la vista del libro.

-No -suelto breve con gesto de pocos amigos, al tiempo que dejo el rostro adusto con la intención de desalentar la incipiente conversación.

-Pero usted seguro que es poeta -insiste-. Por eso pensé en pedirle un cigarrillo, porque como es poeta seguro es bohemio y fuma.

-No fumo -le digo complaciente, como lamentándome de no poder colaborar con las intenciones que lo perjudican.

-¿Pero seguro que no es poeta?

-No -respondo seco mientras sonrío.

Pienso que el hombre se puede fastidiar, me puede tirar la cerveza si desencadena su enojo o clavarme un cuchillo. Siento que estoy exagerando y que los malos pensamientos deben tener reminiscencias en los antepasados y los miedos. 

Pero estoy atento para levantarme ante cualquier imprevisto de la repostera y noquearlo con una patada voladora.

Vuelvo la vista al libro y persisto de manera sigilosa.

El hombre se da vuelta y continúa su caminata.

-Drogas, drogas. Hay drogas -vocifera desaforado.




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